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domingo, 4 de octubre de 2015

Sin cien, por Miguel Méndez Rodulfo



Miguel Méndez Rodulfo 02 de octubre de 2015

En el interior del país ocurren cosas que la gente de Caracas, ahora no se puede imaginar, pero que luego se hacen sentir en la capital. Por ejemplo no hay dinero en los cajeros de toda una ciudad y sólo un banco tiene efectivo. Las demás entidades no pueden pagar cheques ni tramitar transacciones por montos altos; sólo reciben depósitos y pagan sumas pequeñas. Una cosa que antes no se veía en Caracas es el pago con billetes de muy baja denominación; así en caso que se quiera retirar por taquilla cinco o diez mil bolívares, por ejemplo, le podrán pagar con fajos de billetes de 50 (los de 100 son para dispensarlos por los cajeros), de 20, de 10, de 5 y hasta de 2. Con lo cual llegamos al triste episodio que una paca de 100 billetes de a 2, no compra ni siquiera un kilo de papas. El asunto es que el ciudadano que por cualquier necesidad debe retirar efectivo, termina renunciando a ello, dado el temor de que los bultos en sus bolsillos hagan suponer a los ladrones que se lleva una fortuna, cuando en realidad la suma es más bien modesta. Antes del cierre de la frontera con Colombia, se fugaban los billetes de Bs. 100 porque allá los pagaban a  más de 40% de su valor. Ello porque ciudadanos del hermano país compraban productos en Venezuela (artículos de higiene personal, electrodomésticos, alimentos conservados, etc.) y los revendían luego en Colombia, ganando hasta 1.000%. Esas son las distorsiones de los controles de precios y su consecuente mercado negro.


Ahora que ya es más difícil que saquen los billetes hacia las ciudades neogranadinas, la normalidad no se ha restaurado, cuando ello ha debido haber ocurrido de acuerdo con las promesas del gobierno al cerrar la frontera oeste. En realidad la fuga de billetes es parte del problema no su esencia. Ésta se debe a la política económica del gobierno de mantener prendida la maquinita de hacer billetes para emitir grandes cantidades de dinero inorgánico, causante de la inflación más perversa de la historia del país, que se apresta a remontar hasta 200% este año. Las dos inflaciones más altas de la historia habían sido la de 1996 y 1989, de 103 y 81% respectivamente; con la característica que se produjeron en una época en que otras naciones del mundo tenían también inflaciones altas, lo que hacía más normal, si se puede decir así, este fenómeno. El caso es que hoy, en el mundo entero, el promedio de inflación es de un dígito bajo. Luego la endemoniada inflación venezolana, en este concierto, hace más estrafalario al régimen.

Desde hace unos meses la demanda de billetes de 100 había aumentado por estas causas, pero la Casa de la Moneda, ubicada en Maracay, no pudo satisfacer la demanda porque se desbordó su capacidad. Debido a ello el gobierno contrató a casas de la moneda del exterior para la impresión de billetes de Bs 100; sin embargo, no se les pagó y éstas dejaron de producir. Hay que aclarar que tampoco se imprimían muchos billetes de baja denominación, por su poca utilidad. Frente a ello, se tuvo que  abrir una licitación internacional para adquirir papel moneda, de manera de imprimir los billetes de 50 y 100 bolívares. Hay que decir que este gobierno quebrado, tuvo que buscar  una empresa con "capacidad propia y disponibilidad para el suministro de papel"; es decir alguien dispuesto a financiar al régimen.

Aunque la Asociación Bancaria de Venezuela le ha planteado al Directorio del BCV reestructurar el cono monetario con nuevos billetes de Bs. 500 y Bs 1.000, el gobierno no ha aceptado la propuesta. En tanto, en la espera de que la nueva ola de billetes llegue a inundar el circulante, nos estamos aguantando con los billetes que no se pueden fugar. Hay una cosa importante ¡debemos sospechar cuando circulen muchos billetes nuevos!

Miguel Méndez Rodulfo
Caracas, 2 de octubre de 2015

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