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jueves, 1 de octubre de 2015

Dos fronteras, por @marconegron



Por Marco Negrón, 29/09/2015

Tal vez el epitome de la ciudad fronteriza, al menos como cierta tradición se ha empeñado en mostrárnosla (baste recordar la magnífica y terrificante Touch of Evil, de Orson Welles), sea la mexicana Ciudad Juárez. En algún momento llegó a ostentar la poco honrosa cualidad de ciudad más violenta del mundo y simbolizó el lugar del contrabando y los tráficos ilegales, tanto de drogas como de personas, con su corolario inevitable de corrupción, sobre todo policial. Sin embargo, excepto personas tan poco recomendables como Donald Trump, no parece que a nadie se le haya ocurrido que la solución a esos males fuera cerrar la frontera, menos aún militarizarla. Por el contrario, hoy cuenta con un moderno aeropuerto que junto con el de El Paso, en el lado estadounidense, mueve 4 millones de pasajeros al año.

Para el año entrante se planea iniciar la construcción en ella, sobre un terreno de 6,2 hectáreas, de un gran centro comunitario que servirá de espacio para el encuentro, la convivencia y la conciliación. Se trata de un esfuerzo compartido por la iglesia, el gobierno local y la empresa privada que, para subrayar la importancia que se le da a la iniciativa, han llamado a Herzog & De Meuron, los prestigiosos arquitectos suizos ganadores del Premio Pritzker. A quien escribe nunca le ha entusiasmado esta moda, hoy tan extendida, de convocar arquitectos del star system, prefiriendo los concursos abiertos; sin embargo, reconoce en esa decisión la voluntad de enfatizar desde el comienzo la importancia que se otorga a la operación -«una escultura social»- y la intención de proyectarla internacionalmente.

Más al sur, entre Venezuela y Colombia, se encuentra el segundo paso fronterizo más activo del continente, estructurado alrededor de las ciudades de San Antonio y Cúcuta. A ellas se les atribuyen algunos de los estigmas de las del norte con un importante añadido que el gobierno venezolano silencia sistemáticamente: la presencia abierta de la guerrilla colombiana de las FARC y el ELN que en los últimos tres lustros han convertido la frontera en santuario, potenciando los niveles de violencia preexistentes y corroyendo la institucionalidad hasta los extremos.

Mientras Cúcuta registra mejoras notables, perceptibles a simple vista, San Antonio produce la sensación de pueblo del Far West, donde ni siquiera existe un cine y hay que armarse de valor para salir a sus calles después del anochecer. Ambas poseen aeropuertos y aunque el de Cúcuta mueve un millón de pasajeros al año, el de San Antonio suele estar cerrado y la única «alternativa», a casi 100 kilómetros, es el de Santo Domingo.

Con la excusa de combatir las plagas transfronterizas, le sedicente revolución bolivariana ha aplicado la estúpida receta de los cierres ocasionales o temporales de sectores de la frontera que hoy, en vísperas de una elección crucial, ha elevado a la enésima potencia no sólo con el cierre total y permanente, sino con el añadido del decreto de estado de excepción. Una desmañada operación electoralista que sólo aportará más atraso y pobreza a la zona y además, con toda seguridad, pérdida de votos. Habrá que esperar otros tiempos para rescatar esta potente pero postergada metrópoli binacional.

Al margen: Hará apenas dos semanas que desde esta columna se denunciaba la pésima calidad de las obras ejecutadas por el ministerio del Transporte Terrestre. Ahora han batido sus propias marcas: la desatinada decisión de ampliar la autopista Valle-Coche ha sido coronada con la construcción de la primera de varias pilas en medio del río Valle, en su parte más estrecha. Las graves consecuencias de esta cretinada se pueden adelantar, ¿pero estarán dispuestos los autores a pagar por las pérdidas materiales y humanas que causarán? ¿Alguien los hará pagar?

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